La maldición del acueducto de Coyoacán - EL ÁGORA DIARIO

La maldición del acueducto de Coyoacán

La maldición del acueducto de Coyoacán

La rotura de un nuevo acueducto inundó la capital azteca, Tenochtitlan, a finales del siglo XV y puso en jaque la excelente infraestructura hidráulica de la civilización mexica. La gran capital, que asombró a los primeros europeos que la contemplaron, estaba edificada sobre una laguna y gozaba de un extraordinario sistema de control del agua


Óscar Calero
Madrid | 22 noviembre, 2019

Tiempo de lectura: 7 min



Sanguinario, extraordinario guerrero y conquistador insaciable de la edad de oro azteca. Así definen la historiografía y los códices encontrados la figura de Ahuizotl, el octavo huey tlatoani mexica. El gobernante llevó a la civilización mesoamericana a su máximo esplendor en época precolombina. Hizo de Tenochtitlan la ciudad más importante de la América recientemente conocida.

La actual capital mexicana ha sido siempre peculiar por su desarrollo histórico sobre el medio acuático, que líderes como nuestro protagonista conservaron fieles a su origen. Un personaje del que poco se sabe, pero que sostuvo la grandeza indígena hasta la llegada de Hernán Cortés y su ejército. Ése capítulo le tocó a su sobrino, Moctezuma, quién le sucedió tras un dramático accidente del que algunos hablan fue una maldición por su atroz comportamiento como rey.

Tenochtitlan fue fundada en una isla sobre el lago de Texcoco, ahora desaparecido, pero que en época precolombina dominaba todo el valle donde ahora se sitúa México DF. Desde el siglo XIV, las tribus indígenas fueron ganándole terreno al agua lacustre con el objetivo de ampliar las tierras de cultivo, o, como en este caso, construir nuevos poblados. Un enclave que creció extraordinariamente gracias a prodigiosas obras de ingeniería para la comunicación con las riberas aledañas y para levantar una red de calzadas para el movimiento dentro de la ciudad. Una civilización que forjó su historia dominando el medio acuático y haciéndolo parte de su modo de vida.

“…Había grandes torres, templos y pirámides erigidos en el agua. Otros se preguntaban si todo eso no sería un sueño”. Con semejante asombro describe el conquistador Bernal Díaz del Castillo el descubrimiento de Tenochtitlan en su libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Tan solo 150 años desde su fundación bastaron a los mexica para hacer de este agreste territorio una de las ciudades más importantes del mundo conocido entonces. Técnicas tan actuales como el multipilotaje [construcción sobre pilotes], el uso del agua, su almacenamiento y manejo dejan claro el talento de esta sociedad hace 700 años.

Ahuizotl era ante todo un gran guerrero, que heredó el cargo de tlatoani de su hermano tras el asesinato de éste, dicen, por su incompetencia como líder y su carácter insípido. La antagónica personalidad del hermano pequeño le sirvió para hacerse con el mando de la sociedad azteca. Un momento de auge expansivo que, sin duda, aceleró el nuevo emperador con innumerables conquistas de nuevos territorios que llevaron al imperio a alcanzar todo el medio y sur de México y parte de Guatemala.

Tenochtitlan
Templo azteca de Tenochtitlan

Las crónicas hablan de su capacidad diplomática para anexionar territorios. Si los gobernantes de aquellos poblados no recibían la propuesta de buen agrado las medidas del líder azteca eran brutales. El nuevo rey no dudaba en ponerse a la cabeza de su ejército, arrasar y acabar con toda la élite gobernante.

De la poca documentación que existe antes de la conquista española, los códices representan una fuente esencial para conocer las andanzas de Ahuizotl. Los primeros gobernantes españoles ordenaron a los tlacuilos (escribas mexicas) recopilar su historia previa a la colonización en estos pictogramas que rememoran escenas importantes tales como las conquistas de Ahuizotl o las construcción de los canales de Tenochtitlan.

Los códices han dado buena parte de la información que tenemos acerca de los reinados aztecas. Sabemos que Tenochtitlan contaba en el siglo XVI con una población cercana al medio millón de habitantes. Una cifra que situaba a la capital azteca como la ciudad más poblada de América y la tercera en el mundo. La explosión demográfica sufrida en tan poco tiempo dejó a Tenochtitlan en una situación precaria en algunos servicios, fundamentalmente en el abastecimiento de agua. Apenas habían pasado 30 años de la construcción del acueducto de Chapultepec, la última gran obra hidráulica por la que la capital gozaba de un sistema de aguas excepcional.

Es entonces cuando Ahuizotl tomó una decisión crucial para su destino y el de la ciudad. La población temía la escasez de agua y el gobernante decidió buscar otro lugar de donde traer el recurso y así construir un nuevo acueducto. Al sur de Tenochtitlan se situaba la región de Coyoacán, un terreno propicio para la acumulación de agua dulce debido a que los arroyos que desembocaban en el lago de Texcoco  habían creado acuíferos muy aprovechables.

El líder de los mexica envió inmediatamente unos emisarios para comunicar las intenciones de llevar un curso fluvial hasta la capital. Cuenta las crónicas que Tzutzuma, señor de Coyoacán y tributario de la capital, tuvo alguna objeción con el comunicado. El líder de aquel territorio era famoso además por sus artes hechiceras. Algunas teorías apuntan a que vio que aquella obra no era buena idea, porque estaba maldita y eso fue lo que trató de decirle a Ahuizotl. Otros historiadores reflejan una negativa del jefe sureño por considerar un abuso las pretensiones desde la capital.

Las conquistas de Ahuízotl registradas en el Códice Mendocino

En cualquier caso, la fama de cruel y sanguinario del gran guerrero mexica se había extendido por todos sus territorios a base de sometimientos bélicos, tributos y esclavos, y esta respuesta le pareció un desafío imperdonable. Mandó buscar a Tzutzuma y una vez retenido lo mataron sin compasión. Antes de su dramático final, cuentan que el jefe hechicero les dio un mensaje a sus verdugos: “Yo le profetizo que antes de muchos días la ciudad será anegada y destruida”, sentenció.

La gran obra comenzó y se terminó en 1499. Amén de diferentes técnicas subterráneas en algunos puntos del trayecto, el nuevo abastecimiento de agua entraba en la ciudad encerrado en dos cañerías de barro que dispensaban agua a las fuentes comunitarias y las casas particulares de los nobles. En sus Cartas de Relación al emperador, Hernán Cortés, impresionado, describe con minuciosidad lo que se encontró al llegar a Tenochtitlan: “Por la una calzada, dice, que a esta gran ciudad entran, vienen dos caños de argamasa, tan anchos como dos pasos cada uno, y tan altos casi como un estado, y por el uno de ellos viene un golpe de agua dulce muy buena, del gordor de un cuerpo de hombre, que va a dar al cuerpo de la ciudad, de la que se sirven y beben todos.”.

Todo fluía, nunca mejor dicho, con normalidad en la próspera Tenochtitlan. Pero la cuenca de México, tan asediada de cursos fluviales, tenía un peligro constante con los cambios meteorológicos.

En época de lluvias, las crecidas de los ríos generaban corrientes que amenazaban la capacidad de carga de los acueductos y canales. No queda clara la fecha exacta en ningún documento encontrado, pero si queremos creer en la leyenda, justo a los 40 días de la inauguración del acueducto de Coyoacán un diluvio comenzó a enviar agua por los nuevos caños que llegaban a la ciudad a tal presión que agrietó los conductos. Esto provocó un escape de agua de tal volumen que las zonas más bajas de la ciudad empezaron a anegarse. Ni siquiera los diques y compuertas construidos en una evolución sin igual en la época pudieron frenar el flujo del agua que poco a poco iba sumergiendo Tenochtitlan.

Ahuizotl tuvo que huir a refugiarse al edificio más alto de la ciudad, el Templo Mayor. Sin duda, la obra más importante de su mandato fue terminar el centro religioso de todos los aztecas. Y allí estaba viendo como su otra gran obra fracasaba impotente por no poder hacer nada. Era inevitable pensar en las palabras del jefe Tzutzuma y su pronóstico maldito acerca del acueducto.

Ruinas del Tempo Mayor en la ciudad de México | Javar

Los mexica tenían una relación con la divinidad muy acentuada. Vivían con un gran miedo a la muerte, sobre todo por el temor al azote de los dioses si no se les veneraba como habían establecido. La azteca no fue ni ha sido la única civilización en practicar los sacrificios humanos relacionados con algún tipo de culto, pero sí ha sido de las más notables en cantidad. Existía un calendario de rituales anual. Se sacrificaban tanto mujeres y niños como esclavos o prisioneros de las conquistas. Como se relata en más de un ensayo sobre la Nueva España, fue con la construcción del Templo Mayor en época de Ahuizotl cuando se multiplicaron estas prácticas.

Huitzilopochtli era el dios de la guerra y el sol y, según el culto azteca, necesitaba de la sangre humana para alimentarse y así conceder la luz del astro a sus fieles. La sangre se obtenía de los cientos de sacrificios que se realizaban en la parte superior del templo, en la piedra de sacrificio. Fray Bernardino de Sahagún, un misionero franciscano que se fue a hacer las Américas, documenta en Historia general de las cosas de la Nueva España todo el ritual que rodeaba a los sacrificios.

Sacrificios humanos mostrados en el Códice Magliabechiano

Existen muchas imágenes en los códices mexicas de los sacrificios que se realizaban. Se desollaba a los elegidos, se les sacaba el corazón todavía latente y se les despeñaba por la gran escalinata del templo. Allí eran recogidos y, en muchas ocasiones, se practicaba el canibalismo con ellos. Un ejercicio hoy imposible de concebir, pero que para las creencias de entonces en Mesoamérica formaba parte del sentido de la vida.

El gobernante guerrero, que estaba en una situación muy comprometida y con la ciudad completamente inundada bajo sus pies, tuvo una caída provocada por el temporal y se golpeó la cabeza. El daño fue irreversible y unos días después Ahuizotl murió.

En 2006, un grupo de arqueólogos encontró un monolito que, casi seguro, se cree que corresponde a la tumba del gobernante mexica. Se trataría del último sepulcro de un tlatoani enterrado bajo los rituales aztecas antes de la llegada de los españoles. La vida y la muerte de este personaje dibujan un círculo perfecto lleno de simbologías. En náhuatl, antigua lengua mexica, Ahuizotl significa “el espinoso del agua” y su glifo era la representación de un mamífero asociado con una corriente de agua. Agua que fue la causante de su muerte. Muerte que tuvo que ser allí donde había mandado sacrificar a miles de personas.



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