Bosques y agua: una relación simbiótica

Bosques y agua: una relación simbiótica

Acaba de Celebrarse el Día Mundial del Agua (22 de marzo) y el Día Internacional de los Bosques (21 de marzo). El decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes explica en esta columna la relación histórica que ha habido entre gestión forestal y política hidráulica y cómo muchos montes de utilidad pública fueron declarados por su papel protector para las cuencas. Ahora, en el contexto del cambio climático, esta relación simbiótica entre bosques y agua es más necesaria que nunca

Desde el nacimiento de la ciencia forestal, la relación de los bosques con el ciclo hídrico ha recibido una considerable atención que ha pasado por diferentes etapas. La denominación de los Ingenieros franceses Ingénieurs des Eaux et Fôrets o la motivación hidrológica del Catálogo de Utilidad Pública en España son ejemplos patentes de ello.

Mientras en el siglo XIX se consideraba siempre positiva la contribución de los bosques en este ámbito, en la segunda mitad del siglo XX fueron surgiendo voces críticas con el consumo de agua por los bosques en las zonas semiáridas, generándose algunos conflictos por este tema especialmente en Sudáfrica en relación con las plantaciones intensivas o el apoyo con recursos de la cooperación internacional a las repoblaciones en el Norte de África o Cercano Oriente.

En los últimos años la investigación ha realizado grandes avances al respecto. Por un lado, se ha consolidado la hipótesis de la recirculación de la precipitación en los grandes macizos forestales como Rusia/Siberia, Amazonas o el Congo. Por otro lado, se dispone de considerables resultados de investigación como la que coordina el profesor Antonio del Campo en la Universidad Politécnica de Valencia que permiten conocer las pérdidas de agua por intercepción (aquella que no llega al suelo y queda en las hojas, ramas y tronco para luego evaporarse) y escorrentía (agua superficial que no llega a penetrar en el suelo y que es arrastrada por la ladera hasta llegar a los ríos causando inundaciones) que son los destinos menos deseables de la precipitación en las zonas semiáridas.

“Hace falta recuperar la gestión forestal porque las masas forestales abandonadas tienen peores condiciones de biodiversidad y son menos eficientes ante el cambio climático y en la regulación hídrica”.

Se consideran óptimas estructuras algo abiertas con grados de cobertura de copas en torno al 70% y con el menor número de árboles posible pero de copas grandes, lo que permite reducir la intercepción sin que se vea compensada por la evaporación del suelo. Con ese tipo de cobertura, la escorrentía es mínima salvo en pendientes muy pronunciadas. Es cierto que en las zonas más secas la ganancia por infiltración (agua disponible en el subsuelo) apenas aumenta, pero sí lo hace a partir de una precipitación media (500-600 mm). En todo caso aumenta el agua disponible por las plantas, por lo que crecen más, absorben más CO2 y son menos combustibles.

Este tipo de estructuras, si además se pastorea y rompe la continuidad vertical del combustible, son mucho más resilientes ante las sequías y los incendios y albergan mucha más biodiversidad que las estructuras abigarradas. También en términos productivos apenas se observan mermas cuantitativas mientras que sus producciones son de mucho mayor valor unitario. Finalmente, la producción ganadera extensiva y la actividad cinegética permiten ingresos adicionales. La perpetuación de estas masas es mucho más fácil por su mayor producción de semillas.

Se hace por tanto prioritario incorporar en los modelos de gestión los parámetros hidrológicos básicos junto a los productivos, de secuestro de CO2 o de biodiversidad para gestionar masas forestales en clima semiárido y optimizar sus aportaciones, a la vez que internalizamos estos beneficios en la gestión forestal mediante incentivos inteligentemente diseñados.

Una conclusión es en todo caso compartida: hace falta recuperar la gestión forestal al ser el abandono de las masas forestales la peor de todas las opciones racionales posibles tanto para perpetuación del propio bosque como para la biodiversidad, la mitigación y adaptación al cambio climático o su rendimiento hídrico.


Eduardo Rojas Briales es decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes.



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