La deriva totalitaria - EL ÁGORA DIARIO

La deriva totalitaria

Los términos náuticos están siendo muy utilizados en la comunicación política durante la crisis del coronavirus. El periodista Diego Jalón analiza la situación de “deriva” del barco utilizando este argot tan apreciado en estos días

Llevamos de un tiempo a esta parte escuchando declaraciones y discursos de nuestros dirigentes políticos trufadas de términos náuticos. Es, como se dice ahora, tendencia. Y de esta tendencia se han contagiado también los medios y las redes. Ahora todos vamos en un barco, hay que superar la tormenta, se habla de la habilidad o torpeza del timonel, de la necesidad de remar todos juntos… Pero uno de los problemas que tienen los barcos, es que son un ejemplo perfecto de falta de democracia. Donde hay capitán, no manda marinero. Seguramente por eso le gustaba tanto a Mao que le llamasen “El Gran Timonel”.

En los barcos, cuando navegan, sobre todo a vela, les ocurre algo a lo que los marinos llaman deriva, o también abatimiento, que no es otra cosa que el desvío de la nave de su rumbo por efecto del viento, del mar o de la corriente. Y parece que eso también está ocurriendo en este barco, en el que Iglesias, primer oficial, parece decidir la hoja de ruta. A veces da la sensación de que en vez de salir de la tormenta para llegar a salvo a puerto, nos estamos desviando para llegar a otro sitio que no del que partimos. ¿Derivamos hacia el totalitarismo?

Como decía Orwell, “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y respetables y dar apariencia de solidez al viento”

Pues son varios los síntomas de que algunos tratan de aprovechar la situación coyuntural de un estado de alarma, que permite temporalmente al Gobierno acumular poderes excepcionales, para convertir esos poderes en algo más permanente. Más control sobre los ciudadanos, más control sobre los medios, más control sobre la sociedad y más control sobre las empresas. ¡Más estado! Grita Borrell desde Bruselas como gritaba ¡tierra! Rodrigo de Triana desde la cofa de La Pinta. Y el primer oficial, Pablo de Galapagar, pide “sacrificios particulares” para el “interés general”. Es lo que tiene ir en un barco, que todo es sacrificable para seguir a flote. Por eso le molaba a Mao lo de ser timonel y pasar por la quilla a 80 millones de chinos.

Aquí, ya saben ustedes, el CIS nos explica en forma de pregunta que lo bueno es que haya una verdad oficial. Imaginan cuál hubiese sido la respuesta de los españoles si Tezanos nos hubiese preguntado: “¿Quiere usted que los políticos le sigan mintiendo cada día o prefiere que se les prohíba hacer declaraciones mientras dure la crisis para que se dediquen a gestionar y sacarnos de esta cuanto antes?” Y es que como decía Orwell, “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y respetables y dar apariencia de solidez al viento”.

Vuelven a proponerse fórmulas que han fracasado siempre, como nacionalizar empresas, incluso sectores enteros como el suministro de agua o la electricidad, se maldice contra el sector privado y se demoniza la sanidad privada a la que luego acuden los oficiales de este barco cuando enferman. ¿Recuerdan cómo era el servicio y los precios cuando la Telefónica era un monopolio del Estado?

Se alienta el odio contra Amancio Ortega, o contra Ana Botín, en el fondo porque demuestran que ellos son capaces de conseguir el material que los políticos buscan y no encuentran. Nos explican que el Estado lo hará todo mejor y será nuestro salvador cuando venga la próxima emergencia. ¿Qué puede salir mal con ellos al timón?

Olvidemos las metáforas náuticas y exijamos medidas que sirvan para salir de esta cuanto antes

Nos intentan convencer de que ellos, que no han estado a la altura ahora, lo estarán la próxima vez si les damos el control absoluto. Es como si el capitán que ha contribuido, con su negligencia y su incapacidad de gestión, a que el barco se hunda, pide desde el bote salvavidas que le den el mando de toda la flota. Mejor estaríamos si se dedicasen a arreglar el colapso administrativo, que como ha publicado Expansión ha llevado a la quiebra a 50.000 empresas en lo que va de crisis frente a las 4.000 que quebraron en todo 2019.

Y mucho mejor si centrasen sus esfuerzos en articular medidas para reducir el paro, ayudar a las pymes y reducir impuestos, en vez de a intervenir las clínicas privadas, requisar los test que las empresas necesitan para volver a funcionar o fijar el precio de unas mascarillas que solo va a ser posible conseguir en el mercado negro. Como decía Churchill, al que tanto le gusta ahora parafrasear a Sánchez, “una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa”.

Desconfiemos de los marineros de agua dulce, olvidemos las metáforas náuticas y exijamos medidas que sirvan para salir de esta cuanto antes. Ayudar a los que generan riqueza y empleo en vez de a los que viven a costa de ellos parece lo más sensato. Y por encima de todo, no permitamos derivas totalitarias. Nos ha costado mucho ser una democracia, con separación de poderes, control del Gobierno, prensa libre, y derechos y libertades garantizadas por la Constitución para que ahora vengan unos cantamañanas a convencernos de que hay un sistema mejor, ese que disfrutan en Cuba o Venezuela. No permitamos derivas totalitarias.


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