La evolución del desarrollo industrial en España (II) - EL ÁGORA DIARIO

La evolución del desarrollo industrial en España (II)

El profesor Tamames continúa su serie de artículos dedicados a estudiar la evolución del desarrollo industrial en España. En esta segunda entrega analiza los factores políticos que llevaron a nuestro país a subir más tarde que otras naciones al tren de la transformación económica y productiva

Ramón Tamames Catedrático de Estructura Económica. Cátedra Jean Monnet de la UE. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas


El pasado 11 de agosto, iniciamos un artículo de varias entregas en El Agora sobre el tema del epígrafe, para destacar inicialmente el retraso que hubo en España en el comienzo del proceso de industrialización. Entre otras razones, por la escasez de espíritu de empresa y por el bajo nivel de desarrollo tecnológico. Así como, también por el insuficiente capital real y financiero, y el muy reducido espacio de demanda en una España poco poblada y económicamente con baja demanda.Hoy entraremos en los temas que se relacionan con factores políticos, la llamada protoindustralización y la inversión extranjera.

Los factores políticos

La explicación del retraso de la industrialización en España hecha hasta aquí, bien puede parecer un tanto simplista, e incluso «mecanicista». Indudablemente, es preciso completarla con un componente más, de carácter político, y que se manifestó en dos vertientes una interna, y otra externa.

Desde la perspectiva histórica, resulta perfectamente claro que la re­volución industrial era imposible sin una previa revolución burguesa. Y en ese sentido, la estructura política absolutista y semifeudal impe­rante en España hasta el segundo tercio del siglo XIX determinaba un bajo nivel de consumo interior. Imputable a la extremada concentra­ción de la propiedad de la tierra en las manos muertas y a una rigidez muy acusada por la pervivencia de los gremios.

Además, existía un grave anquilosamiento de los mecanismos comer­ciales, debido a las reminiscencias de los monopolios mercantilistas (sal, tabaco, papel timbrado, etc.). Previas a la industrialización eran pues, la desamortización, la libertad industrial y la libertad de comer­cio. Temas que sólo mencionamos, pero en los que no vamos  entrar, porque nos ocuparía mucho espacio.

Protoindustrialización

En esta situación de penurias, en España se inició, en el último tercio del siglo XVIII, reinando Carlos III, un movimiento en varias direccio­nes, que incluso ha sido llamada revolución por el historiador inglés Richard Herr. Discretamente animada por Carlos III y sus mejores mi­nistros, esa renovación se vio detenida en el reinado de Carlos IV por el ambiente de reacción y recelo que en España produjo el comienzo de la Revolución francesa. Concretamente, al estilo de Colbert en Francia, en España se establecieron fábricas reales para multitud de productos necesarios, incluyendo los militares de armamentos y municiones, como talleres de cañones de artillería, pólvora, etc.

También hubo fábricas de tejidos, de paños de lana y  sedería, cuando también se iniciaba un retorno al algodón. Sin olvidar fábricas de porcelana como la del Buen Retiro, y de cristal como la que se instaló en la Granja de San Idelfonso, y también la de tapices, subsistiendo hoy en día las dos.

Real Fábrica de Tapices fue fundada en 1721 y aún está en activo. | Imagen: Real Fábrica de Tapices

El movimiento de renovación pudo haberse puesto en marcha nueva­mente con la aplicación de las leyes y decretos emanados de las Cortes gaditanas de 1812 y 1813, pero la realidad fue muy otra[I]. Fernando VII derogó todas las disposiciones de abolición de los gremios y de desamortización promulgadas por las Cortes, y con ello frenó durante casi cinco lustros el verdadero arranque de nuestra revolución indus­trial. Solamente cuando el liberalismo político comenzó a abrirse paso al final de la década de 1830, pudo iniciarse en España el movimiento de industrialización.

En la vertiente exterior de la que hemos llamado componente política del retraso de nuestra industrialización, hay que destacar dos hechos: la Guerra de la Independencia de 1808-1814, y la pérdida de las pose­siones de la América española continental (1810-1824).

Guerra de la Independencia Española. Escena de la Muerte de Pedro Velarde y Santillán durante la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, en Madrid el 2 de Mayo de 1808, Joaquín Sorolla.

La Guerra de la Independencia (1808-1814) produjo la ruina de las mejores versiones de nuestra economía moderna precapitalista, de lo que también se ha llamado protoindustrialización. Las factorías des­truidas por las tropas napoleónicas, y las de Wellington que vinieron en «ayuda» de la España antinapoleónica, significaron el hundimiento de una experiencia que quizá no hubiese dado aún de sí todo lo que era de esperar. Los efectos de la larga guerra en el resto de la actividad económica fueron igualmente desastrosos: destrucción por doquier del fruto de medio siglo anterior, de tímida pero significativa expansión manufacturera, y desarrollo del contrabando hasta límites increíbles y totalmente irresistibles para la protoindustrialización.

La pérdida de las posesiones en la América continental fue otro hecho no menos trascendental. Con la privación de esos mercados y de esas fuentes de materias primas, la industria metropolitana, que sólo en las últimas décadas del siglo XVIII había visto roto el monopolio del tráfico de Sevilla, recibió un golpe que bien pudo calificarse como «de muerte» en algunos casos.

El crucero español Reina Mercedes, hundido en la entrada de la bahía de Santiago de Cuba en 1898.

En cierto modo, el retraso en el comienzo de la industrialización por las razones económicas, sociales y políticas apuntadas, hicieron pasar a España —la tesis es de Nicolás Sánchez Albornoz— «de una economía de tipo antiguo de condiciones y niveles europeos, a una subdesarro­llada»[II][III]. De esta forma España se adentró en el siglo XIX como menos desarrollado en términos comparativos con los países europeos más avanzados. 

La situación descrita, forzosamente impedía el desarrollo industrial; éste sólo pudo iniciarse con un cambio en las circunstancias políticas[IV], y con la afluencia desde el exterior de los elementos de que más fuer­temente se carecía: espíritu de empresa, técnica y capital. Sólo ello hizo posible, casi con las únicas excepciones de la industria textil en Cataluña, y la siderúrgica en el País Vasco.

La inversión extranjera

El desarrollo de los ferrocarriles, de la minería metálica, de algunos servicios públicos, y la iniciación de la industria química, en muy buena parte, sólo fueron posibles por la inversión extranjera. La siderurgia se explica por los beneficios de la exportación del mineral de hierro a In­glaterra, con un efecto de péndulo en los hornos altos de Vizcaya, donde se consumía el buen carbón inglés de los fletes del retorno del hierro. En tanto que la Banca privada, se vio impulsada por los capitales repatriados de las antiguas posesiones ultramarinas, perdidas en 1898 (Cuba, Filipinas y Puerto Rico).

Altos hornos de Vizcaya a vista de pájaro.

La nueva industria destinada a cubrir la demanda del mercado interior no pudo comenzar a surgir —otra clave de la industrialización reza­gada—, sino con la protección arancelaria, que como veremos, surgió en paralelo a la larga polémica librecambio-proteccionismo. De modo que, a partir de 1892 (Arancel Cánovas), la industrialización ya no dejó de avanzar, si bien con ritmo muy lento, con el aporte de capital ex­tranjero, y desde 1900 con la participación de la Banca.

Emprendimiento industrial

Hasta finales del primer tercio del siglo XIX, la protoindustria española estaba distribuida con cierta uniformidad por todo el país, de modo que las necesidades fundamentales de cada región se satisfacían funda­mentalmente con lo producido en ellas mismas. Y fue con el maqui- nismo y la mejora de los transportes, cuando esa situación fue modifi­cándose gradualmente, con un movimiento de especialización regional, basada en la mejor localización respecto de las materias primas de importación o los recursos naturales propios. Así, Vizcaya pasó a ser fundamentalmente una provincia productora de hierro y acero; Astu­rias, de carbón; la industria algodonera se concentró en torno a Bar­celona, y la lanera en Sabadell, Tarrasa y Béjar; la industria tradicional de los molinos de papel se vio polarizada en las nuevas fábricas mon­tadas en Guipúzcoa[V]. Se construyó, en definitiva, lo que J. Vicens Vives llamó la industria periférica, que entre 1881 y 1914 tuvo un fuerte impulso que «habría sido imposible sin la tutela del Estado»[VI].

Mineros asturianos. | Muséu del Pueblu d’Asturies

Sobre la base del Censo de Frutos y Manufacturas de 1799 —publicado en 1803[VII]— se pretendió tener un mejor conocimiento de la distribución de la renta en España a fines del XVIII[VIII]. Sin embargo, el Censo de 1799 ha sido duramente criticado poniéndose de relieve sus imperfec­ciones e inexactitudes[IX], hasta tal punto que difícilmente cabe tomarlo como base de referencia. Si bien es cierto que a lo largo de las primeras seis décadas del siglo XIX se desarrolló en España la industria periférica y se deprimió la del interior.

 

Seguiremos la semana próxima con una cronología del desarrollo industrial que puede ser interesante para los lectores de El Agora. Y como siempre, los lectores pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net

[I] Marx supo ver las razones profundas de la falta de aplicación de las leyes emanadas de las Cortes gaditanas: «Sólo bajo el gobierno de la Junta Central fue posible fundir con las necesidades y exigencias de la defensa nacional la transformación de la socie­dad española y la emancipación del espíritu nacional, sin lo cual toda constitución po­lítica tiene que disolverse como un fantasma al más ligero choque con la vida real. Las Cortes se encontraron ya en circunstancias completamente distintas, reducidas a un aislado rincón de la Península, separadas del cuerpo principal del reino durante dos

años por el acoso del Ejército francés y representando la España ideal, mientras la España real se encontraba en plena lucha o había sido ya conquistada. En el momento de las Cortes, España estaba dividida en dos partes. En la isla del León, ¡deas sin acción; en el resto de España, acción sin ideas». Vid. Kari Marx y Friedrich Engels, Revolución en España, traducción española, Madrid, 1960, págs. 108 y 109.

[III] Nicolás Sánchez Albornoz, España hace un siglo: una economía dual, Ediciones Pe­nínsula, Barcelona, 1968, pág. 26 (reedición en Alianza Editorial, Madrid).

[IV] Estos cambios pueden enumerarse así: abolición de la Inquisición, de la Mesta y de los Gremios; desamortización y establecimiento de las bases para la integración fiscal y monetaria de las distintas regiones de la Península. Todos estos cambios no se produjeron efectivamente hasta después de la muerte de Fernando VII (1833) y su consolidación aún llevó tiempo a lo largo del atormentado siglo XIX. Para una síntesis, mi libro Una ¡dea de España, Plaza y Janés, Barcelona, 1985.

[V] José Félix de Lequerica, La actividad económica de Vizcaya en la vida nacional, Madrid, 1956, págs. 57_y 58.

[VI] J. Vicéns Vives, «La industrialización y el desarrollo económico de España de 1800 a 1936», publicada originariamente en 1961 en la Revista de Economía Política; la cita procede de la versión incluida en Coyuntura económica y reformismo burgués, Ariel, Barcelona, 1968, págs. 152. Será interesante aquí enunciar la periodificación que proponía Vicéns para el proceso de industrialización:-!. Comienzo de la indus­trialización (siglo xviii y primeros años del xix). II. Estancamiento industrial (1808- 1830). III. Arranque de la nueva industria (1830-1854). IV. El paso decisivo al equi­pamiento industrial (1855-1881). V. La constitución de la gran industria periférica (1881-1914). VI. Industrialización y desarrollo económico de 1914 a 1935.

[VII] Censo de la riqueza territorial e industrial de España en el año 1799, formado de orden superior. Censo de frutos y manufacturas de España e islas adyacentes, Ma­drid, Imprenta Real, 1803; reedición del Ministerio de Hacienda, 1960.

[VIII] Juan Plaza Prieto, La economía española en el siglo XVIII, estudio preliminar a la reimpresión del Censo de la riqueza territorial e industrial de España en el año 1799, Madrid, 1960, págs. XXIII y XXIV.

[IX] José Fontana Lázaro, «El censo de frutos y manufacturas de 1799: un análisis crí­tico», en Moneda y Crédito, núm. 101, junio 1967. La crítica de Fontana es termi­nante, y de ahí que renunciemos a utilizar los datos del censo, como lo hacíamos en una anterior edición de esta obra (1964).


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