¿Qué harán los españoles contra el cambio climático? (II) - EL ÁGORA DIARIO

¿Qué harán los españoles contra el cambio climático? (II)

Los españoles son conscientes de que el reto del cambio climático va a suponer cambios y sacrificios por parte de todos, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? ¿Conocen realmente del coste de la adaptación que será necesaria si no queremos extinguirnos como especie?

En nuestra anterior entrega hemos visto que el 83% de los españoles creen que algo se puede hacer para contrarrestar el impacto del cambio climático (reducir 64%; detener 19%).

Pero ¿cómo de urgente les parece el problema? Casi la mitad de los españoles (48%) suponían a esa fecha de enero de 2020, antes de vivir las implicaciones de una emergencia inmediata en sus consecuencias, como la del COVID-19, que la situación de cambio climático es tan grave que ameritaba la declaración de emergencia. Suponemos que el Gobierno estaba pensando en ese casi 50% que creía que procedía declarar la emergencia climática, cuando ignorante de otras emergencias que habrían de venir, declaró la emergencia climática; otro 37% creía que la situación es grave, pero no de emergencia climática.

Lógicamente los españoles que veían la situación más grave, eran menos optimistas sobre los resultados y por eso apostaban más por la declaración de emergencia.

La siguientes preguntas que los españoles contestaron se refieren a su confianza en grandes grupos de acciones para reducir o detener el cambio climático. Veamos cada una de ellas, porque son algo sorprendentes. La confianza en los grandes agentes –Acuerdos Internacionales, Acciones del Estado y Acciones de las Empresas-, apenas son endosadas por el 50%. En una situación liminal como se supone que es esta, los españoles confían sobre todo en la ciencia y en sí mismos.

Hay varias hipótesis que nos pueden ayudar a entender estos datos. No es muy sorprendente que no se confíe en los acuerdos internacionales, entendible a la vista de los pocos avances registrados hasta la fecha. Tampoco sorprende del todo que las empresas no conciten más entusiasmo; al fin y al cabo pueden suponer que estas, se deben, por encima de cualquiera otra consideración a sus beneficios. Resulta más sorprendente que no atribuyan más peso al Estado, toda vez que este es el que a escala nacional puede inducir cambios regulatorios que actúen en las emisiones a través de los precios o a través de los impuestos. La confianza en su contribución personal, es muy posible que, en parte, se deba a que los españoles no tienen claro del todo que significa el cambio climático y sobrevaloran su capacidad de influir en él; y, en parte, a que no han entendido los costes asociados.

Ciertamente cuando se les pregunta por lo que hacen ahora para combatir el cambio climático, sobreestiman lo que hacen y sin duda sobreestiman aún más lo que están dispuestos a hacer. Hay sin duda un sesgo de “deseabilidad social” que induce a “falsificar” lo que se dice que se hace y lo que se dice que se está dispuesto a hacer. Este es un fenómeno conocido y estudiado en regímenes autoritarios, que, en parte, explica sus caídas súbitas, esos extraños saltos de “todos contigo” a “siempre estuve contra él” (contra el autócrata). Es más escurridizo en democracia. Y la investigación, con frecuencia, contribuye a enmascararlo.

Cuando se hace esta clase de preguntas sin aportar ningún contexto que indique lo que cuestan, es muy probable que se responda con lo que parece más “deseable”. La cuestión es cuánto va a costar y quién tiene que pagarlo. Porque ninguna de las “soluciones” propuestas es gratis. Existen técnicas algo más sofisticadas que las que usa el CIS para poner en contexto las decisiones contra su coste y revelar de este modo las “preferencias” con un poco más de precisión. Hasta donde se me alcanza, nunca las han usado. El nuestro no es precisamente un “Estado Emprendedor”.  Si algún optimista de la voluntad toma estos datos en su literalidad, concluirá que España está preparada para subir los impuestos al gasoil, a usar masivamente el transporte público, cambiar a vehículos eléctricos, a placas solares, a dejar de usar envases de plástico… Pero a la hora de la verdad,  en la medida en que las acciones impliquen incrementos de precios o de impuestos, la realidad “real” será algo o muy diferente.

El cambio climático, es aparentemente indivisible, pero solo aparentemente. En la contribución y en los efectos es divisible. En teoría, la huella energética en los grandes números parece posible de calcular.  En teoría, a cada uno de nosotros, igual que en el carnet por puntos, se le podría asignar una puntuación por la huella energética, por nuestra “contribución” personal. En teoría los precios y los impuestos, podrían atacar el problema sencillamente. En la práctica, la implementación es algo menos sencilla. Solo en un mundo completamente igualitario, que no es el nuestro, preguntas como las que ha hecho el CIS se pueden leer tal cual. En nuestro mundo real, hay que medir el impacto que cada acción tiene en cada agente. E incluso, si todos fueran santos, no todos están en iguales condiciones de “sacrificarse” en aras del cambio climático. Hay algo de mágico todavía en el término.  La política, como bien nos enseñó Carl Schmitt, tiene mucho de teología secular, más en esta “guerra última de la humanidad”, en la medida en que amenaza la supervivencia de la especie. Pero la fe, salvo la de algunos,  no paga las facturas. Aunque ciertamente solamente unos pocos no parecen dispuestos a sacrificarse (el 17%, si sumamos lo que no han contestado), 1 de cada 4.

A la vista de estos datos, las políticas a implementar para combatir el cambio climático, serán fáciles. Pero ya sabemos, que desde que se inventó el Diablo, éste presta una atención espiritualmente insana a los detalles, a los de precio, impuesto y renta.


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