Los árboles urbanos sucumben ante la ola de nieve

¿Por qué tantos los árboles no han resistido bajo la nieve de Filomena? Eduardo Rojas Briales, Decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, nos cuenta las causas de los daños masivos en decenas de miles de ejemplares estos días y las claves para tener una arboleda urbana más resiliente

Eduardo Rojas Briales Decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes y profesor de la Universidad Politécnica de Valencia


Una de las más habituales paradojas de la vida se produce cuando constatamos el valor de lo mucho que tomamos por dado cuando lo perdemos. Así ocurre por ejemplo con la pérdida del arbolado urbano o cuando los bosques arden. En ese momento, si pudiéramos, aportaríamos lo que hiciera falta para revertir la pérdida. Pero cuando regresamos al día a día olvidamos invertir en ellos una mínima fracción de lo que costaría su correcto mantenimiento. Esa falta de cultura de prevención nos lleva a que vayamos de crisis en crisis (inundaciones, incendios, etc.), gastando en reparar los daños lo que escatimamos en prevenirlos.

Las calles, hace pocas décadas inhóspitas, hemos pretendido reverdecerlas sin reordenar el espacio para que los árboles se puedan desarrollar adecuadamente. Pegados a las fachadas han crecido inclinados y con las ramas fuertemente desequilibradas buscando la luz. Tampoco hemos preparado el suelo, fundamental para el desarrollo de todo árbol como fuente de agua, nutrientes y anclaje, que se encuentra prácticamente sellado en su totalidad, a excepción de simbólicos alcorques.

Varias personas pasean por la calle Fuencarral en Madrid, en la que numerosos árboles no han resistido el peso de la nieve, tras el paso de la borrasca Filomena | Foto: EFE / Rodrigo Jiménez
Varias personas pasean por la calle Fuencarral en Madrid, en la que numerosos árboles no han resistido el peso de la nieve, tras el paso de la borrasca Filomena | Foto: EFE / Rodrigo Jiménez

En un clima semiárido y con veranos largos y secos como el de Madrid, sobre suelos esqueléticos y de baja retención de agua y nutrientes, muy pocas especies se pueden desarrollarse como árboles capaces de ofrecer la ansiada sombra estival (pinos, encinas, olivos) y todas se caracterizan por disponer de ramas horizontales muy proclives a las roturas por nieve típicas de las especies mediterráneas. Solo en las hondonadas donde se acumula el suelo y el agua son posibles frondosas caducifolias (fresno, quejigo, moreras, olmos, etc.) que al no tener hojas en invierno son mucho más resistentes a la nieve.

No es raro, por tanto, que en caso de fuertes vientos o nevadas se produzcan caídas de ramas o árboles enteros, con el riesgo que ello comporta para las personas, la circulación y los vehículos. Y cuando el arbolado alcanza una dimensión y edad peligrosas por riesgo de podredumbres y roturas de ramas, la ciudadanía se moviliza para impedir que sea sustituido, agravando el problema.

Rama de un árbol desgajada en los Jardines de Sabatini, Madrid.

Paradójicamente, en los parques periurbanos, como ahora en la Casa de Campo, se acaban achacando los daños provocados por la nieve al abuso de especies supuestamente exóticas, como el pino piñonero, en un ejercicio de culpabilizar al árbol de las consecuencias de la nevada. Hemos de recordar que está demostrado reiteradamente por la ciencia que las seis especies de pinos ibéricos son autóctonos y han sido determinantes de la vegetación de la Península y Baleares desde hace milenios. Así lo atestiguan topónimos como Islas Pitiusas (Ibiza y Formentera), que procede de Pitys, que en griego significa pino.

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, entender que ni el arbolado urbano ni el rural es eterno. Como todo ser vivo, necesita unas mínimas condiciones para desarrollarse, requiere mantenimiento y en algún momento llega al final de su vida, generalmente precipitado por fenómenos meteorológicos extremos como una nevada, helada fuerte o racha de viento. Y que no está en nuestra mano evitarlo.

Arboles cubiertos de nieve.

Pero si las condiciones para su desarrollo son las adecuadas, se podrá desarrollar mejor, vivirá más tiempo y será menos proclive a fenómenos extremos. Por tanto, resulta clave prever las necesidades del arbolado en su diseño, dejar espacios suficientes sin sellar y suelo en condiciones para su desarrollo, escoger las especies según el espacio disponible, poco proclives a las podredumbres y procurar un adecuado mantenimiento, además de contar con una razonable diversidad.

En general, las especies caducifolias son preferibles a las perennifolias, pues estas últimas producen una indeseable densa sombra en invierno y son más proclives a roturas por nieve. Para evitar disrupciones abruptas de sombra, debe irse renovando el arbolado de forma planificada cuando se vaya acercando a su vida útil. La ampliación de aceras que se viene promocionando favorece la ubicación de los árboles más centrados en las calles y con ello que tengan una mejor arquitectura para resistir las duras condiciones del medio urbano.

Árboles dañados por las nevadas en Madrid.

Están fuera de toda duda las ventajas climáticas y para la salud física y mental de un amplio patrimonio arbóreo en las ciudades, complementado por bosques periurbanos, como el que promueve Vitoria desde hace ya 27 años. Pero es un gran reto comunicar a la población la necesidad de gestión de este arbolado y su progresiva sustitución. Y los daños por fenómenos meteorológicos extremos es el precio que tenemos que pagar por disponer de ese patrimonio, vital para la calidad de vida a que aspiramos en nuestras ciudades.


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