La emergencia climática es un problema humanitario

La emergencia climática es un problema humanitario

Desde el Programa Mundial de Alimentos, premio Nobel de la Paz 2020, reflexionan sobre las conexiones entre los distintos problemas globales que azotan nuestra sociedad, poniendo el foco en la necesidad de una acción conjunta y coordinada entre todos los países y organizaciones para implementar soluciones reales


Gernot Laganda Jefe de la Unidad de Programas para el Clima y la Reducción del Riesgo de Desastres del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (WFP) – Premio Nobel de la Paz 2020


El 9 de octubre de 2020, cuando se anunció que el Premio Nobel de la Paz 2020 se otorgaría al Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP por sus siglas en inglés), algunos equipos del WFP estábamos sumergidos en el análisis de los datos que nos llegaban desde los diferentes países en los que trabajamos. El hambre había aumentado en muchas de las comunidades en las que sólo hacía un año todo iba bien y se estaban programando reuniones con los gobiernos para enfrentarnos a un 2021 difícil.

Si bien el premio Nobel fue un reconocimiento al trabajo que el WFP está realizando para combatir el hambre y evitar que se utilice como arma de guerra, la alegría se vio atenuada por la certeza de que las necesidades humanitarias están aumentando más rápido ahora que en cualquier otro momento del siglo XXI. En 2019, 688 millones de personas sufrieron desnutrición crónica y 135 millones de personas se vieron envueltas en situaciones potencialmente mortales como resultado de conflictos, crisis climáticas o económicas. Un año después, el Mapa del Hambre del WFP, que actualiza a diario sus cifras, informa de que además, 957 millones de personas no tienen suficiente para comer en 93 países. El Panorama Global Humanitario proyecta que 239 millones de personas necesitarán asistencia y protección humanitaria en 2021.

En Bangladesh, las inundaciones pueden durar largos periodos de tiempo, devastando la vida de la gente. Autor: WFP/Mehedi Rahman

Estas cifras son el resultado de una conjunción tóxica de varias crisis. En los lugares donde la pandemia de COVID-19 se ha encontrado con el aumento de la urbanización, la globalización y la degradación ambiental, se producen recesiones económicas y la pobreza crece. Estas nuevas vulnerabilidades chocan con una emergencia climática global que agrega a la ecuación shocks climáticos cada vez más severos. Los extremos climáticos no sólo socavan la respuesta a la pandemia y la recuperación económica, sino que también agravan la escasez de recursos y obligan a la gente a abandonar sus lugares de origen, alimentando así las tensiones sociales y políticas que a menudo desembocan en violencia y conflictos.

“Las nuevas vulnerabilidades chocan con una emergencia climática global que agrega a la ecuación shocks climáticos cada vez más severos”

Si bien la aparición de la COVID-19 en 2020 ha cambiado nuestras vidas, el mundo también se ha enfrentado a uno de los años más calurosos desde que existen registros. Junto a devastadoras olas de calor e incendios forestales, ha habido inundaciones, tormentas y plagas de langosta del tamaño de una ciudad. A pesar de la gran capacidad operativa para salvar vidas después de tales emergencias, organismos como el WFP son conscientes de que los presupuestos para emergencias nunca van a poder cubrir en su totalidad las crecientes necesidades humanitarias del siglo XXI.

En enero, el WFP fue uno de los signatarios de una carta abierta a los líderes del G7, para construir un acuerdo global que sirva para predecir, preparar y proteger a los más vulnerables del planeta de los múltiples riesgos a los que se enfrenta el planeta. “Cada uno de nosotros toma precauciones a diario. Nos lavamos las manos o usamos una mascarilla. Intentamos ahorrar para un futuro incierto o adquirimos un seguro. Ahora tenemos que aplicar el sentido común a escala global”, dice la carta.

Una beneficiaria del WFP haciendo cola para recibir su ración mensual de comida en Zimbabwe.
Autor: WFP/Adrienne Bolen

De los factores que impulsan el hambre en el mundo, el clima es el que mejor se puede predecir utilizando la ciencia. Nuestras habilidades técnicas para monitorear y pronosticar los peligros relacionados con el clima nunca han sido tan buenas como en la actualidad. No hay ninguna razón que éticamente justifique seguir tratando los desastres climáticos como sorpresas inevitables y “naturales”. Hoy los países se están reagrupando para pensar en cómo la crisis provocada por la COVID-19 se puede utilizar como trampolín para construir sociedades más resilientes y los pronósticos climáticos y la planificación preventiva deben ser parte de la ecuación.

El año pasado, cuarenta oficinas del WFP distribuidas por todo el mundo entablaron un diálogo estratégico con sus gobiernos anfitriones sobre la gestión del riesgo climático en los sistemas alimentarios. Junto con su continua disponibilidad para brindar una respuesta humanitaria, estas oficinas han multiplicado sus esfuerzos para ayudar a fortalecer las redes de protección social ofreciendo seguros contra riesgos climáticos. También han organizado transferencias de efectivo preventivas basadas en pronósticos meteorológicos y ayudaron a los gobiernos a movilizar fondos climáticos para aumentar la resiliencia de los sistemas alimentarios en los contextos más vulnerables.

La sequía en Zimbabwe ha sido tan severa que el año pasado en el distrito de Muzaraban no se pudo plantar nada. Foto: WFP/ Matteo Cosorich

Hoy muchos países han comenzado a reconocer la emergencia climática global como un problema humanitario. El cambio climático alimenta los conflictos y los riesgos económicos, al tiempo que agrava los efectos de los brotes de enfermedades. Y al igual que la COVID-19, es global y dinámico, y no puede ser contenido por un país, una institución o una disciplina académica. Requiere del esfuerzo de países y organizaciones trabajando juntos para identificar e implementar soluciones.

“Hoy muchos países han comenzado a reconocer la emergencia climática global como un problema humanitario”

Algunos de ellos están surgiendo desde nuevos ángulos y direcciones, por ejemplo, como parte de un nuevo diálogo mundial sobre los sistemas alimentarios. La participación del WFP incluye anclar el Programa de Acción de Resiliencia de la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios 2021 para discutir nuevos enfoques para la transformación de sistemas alimentarios en peligro y no sostenibles. Esta es una oportunidad para abordar problemas interconectados: la alteración del clima, la degradación ambiental, el desperdicio de alimentos y las dietas poco saludables, que afectan a países de todo el mundo, incluidos España y los países del G7. Aunque estos puedan tener economías fuertes que les permitan hacer frente a algunos de esos problemas, los países ricos también están sintiendo la carga de la crisis climática que afecta al resto del mundo, como el creciente flujo de refugiados climáticos y el aumento de los precios de algunas importaciones agrícolas.

En noviembre las experiencias de los programas de acción climática del WFP se compartirán con los delegados y observadores en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Edimburgo (COP26).

Cuando llegue ese momento, miles de vidas habrán sido amenazadas por fenómenos climáticos extremos y aunque muchas habrán sido salvadas por las organizaciones humanitarias, si fuéramos más previsores podríamos haber protegido a muchas otras personas en lugar de tener que salvarlas a posteriori. Si le preguntan a cualquier miembro del personal del WFP cuál es su objetivo, le contestarán que su objetivo es salvar vidas, pero su ideal es cambiar vidas y eliminar a largo plazo la necesidad de ayuda humanitaria. Ese objetivo es posible pero solo si la prevención se convierte en la pieza central de la acción humanitaria en el contexto del cambio climático.



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